
Pedrosa de Duero, Marzo de 1969.
¿Con 15 años uno puede emprender?
Pregúntaselo a mi padre.
Él te dirá que todo en esta vida es esfuerzo y sacrificio, Independientemente de la edad que uno tenga.
Pero está claro, el primer paso siempre es el más difícil.
Corría el año 1969 y Carmelo tenía 15 años,
Un joven que lo único que conocía era Pedrosa de Duero, un pequeño pueblo de la Ribera del Duero. Donde los verdes brotes de primavera y el dorado de las hojas en otoño marcaban el paisaje, un lugar donde los inviernos eran fríos y los veranos abrasadores, la vida era sencilla, pero exigente.
Las jornadas comenzaban temprano, y no era raro ver a las familias de viticultores en los campos hasta el último rayo de sol. Carmelo viene de una familia humilde, como tantas otras en la región, había labrado las tierras durante generaciones.
Su padre, un hombre robusto de pocas palabras, había aprendido el arte de la viticultura de su propio padre, quien a su vez había heredado ese conocimiento de los abuelos de Carmelo. Era una sabiduría transmitida de manera casi ritual. Para nuestra familia, el vino era el fruto del esfuerzo, la paciencia y el respeto por la tierra. Desde muy pequeño, Carmelo acompañaba a su padre al campo.
Sus manos, aunque pequeñas, ya conocían el peso de la azada y la aspereza de los sarmientos. A los ocho años, Carmelo podía pesar del cansancio que a menudo marcaba sus rostros al final del día, su padre y él compartían una conexión silenciosa mientras trabajaban juntos, una complicidad forjada en los surcos de la tierra.
Sin embargo, Carmelo era distinto.
Había algo en él que lo diferenciaba, una chispa que iba más allá del simple deseo de continuar con la tradición familiar. Mientras que otros niños de su edad soñaban con escapar del campo y encontrar trabajos en la ciudad, él sentía un profundo respeto por las vides. Pero, al mismo tiempo, tenía una visión diferente: quería innovar, encontrar nuevas formas de hacer más fácil el duro trabajo de su padre. Era un muchacho curioso, que no se conformaba con la forma en que siempre se habían hecho las cosas. Fue a los 15 años cuando esa inquietud comenzó a tomar forma.
Tras años de observar cómo su padre y los demás viticultores del pueblo se dejaban la piel en los campos, Carmelo comenzó a soñar con la idea de introducir algo nuevo en su mundo, algo que pudiera aligerar el arduo trabajo físico y, sobre todo, mejorar la vida de su familia.
Había oído hablar de máquinas que podían ayudar a labrar la tierra de manera más eficiente, algo impensable para la mayoría de los agricultores de Pedrosa, quienes seguían apegados a sus herramientas manuales y su fuerza física.
Asique, con ese tesón tan característico que tiene, emprendió su primer viaje a Aranda de Duero, la ciudad más cercana…