Capítulo IV. EL tiempo vuela

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Pedrosa de Duero, septiembre de 1969.

Al poner de nuevo un pie en Pedrosa de Duero, Carmelo apenas tuvo tiempo para un saludo y un par de explicaciones a su familia, que lo observaban con curiosidad desde el umbral de la puerta. Evitó las preguntas, el ansia lo impulsaba a atravesar el patio hasta el corralón donde recordaba haber visto una vieja bicicleta. 

Necesitaba esa máquina, por precaria que fuese, para llegar hasta los pueblos vecinos y ofrecer sus nuevos servicios con la 

empacadora. No bastaba con haber conseguido la herramienta; ahora tocaba difundir su utilidad, explicar sus ventajas, y empezar a construir una reputación entre los campos de la región.

El corralón era una penumbra fresca, llena de aromas a heno y madera seca. Allí, apoyada contra la pared, la bicicleta de su tío yacía casi abandonada: su pintura estaba resquebrajada, la llanta delantera floja y apenas un suspiro de aire en la rueda. A su alrededor, herramientas oxidadas, sacos apilados y un viejo rastrillo completaban la escena polvorienta. Aquella bicicleta no era la imagen ideal del progreso, pero sí la llave para llegar a Quintanamavirgo, el primer destino que Carmelo tenía en mente.

Recordaba de oídas a un agricultor de ese pueblo, a unos cinco kilómetros de distancia, que poseía más de 14 hectáreas de trigo. Un cliente así podía marcar la diferencia. Si él lograba mostrarle lo que la empacadora podía hacer —agilizar la recogida y el empaquetado de la paja, aliviar cargas de trabajo, ahorrar tiempo y aumentar la eficiencia—, entonces estaría dando el primer paso para ganarse un nombre. Y no solo un nombre: también la posibilidad de establecer una cadena de clientes satisfechos que hablaran bien de su labor y recomendaran sus servicios en otros valles. 

Carmelo limpió la bicicleta con un trapo viejo, infló la rueda con el bombín, tensó un poco la cadena y enderezó el sillín con un par de golpes suaves. 

No quedó perfecta, pero resistía, y eso era lo que importaba. 

Mientras salía del corralón, la tarde caía tras las viñas, tiñendo de dorado las fachadas de las casas. Sus padres y hermanos lo miraban desde la distancia, intuyendo en su figura una determinación renovada. 

Empezó a pedalear por el camino de tierra que conducía a Quintanamavirgo. El aire fresco de la tarde le secaba el sudor de la frente mientras esquivaba alguna piedra suelta y escuchaba el crujir débil del metal. No era la imagen heroica de un emprendedor, pero sí la de alguien que estaba dispuesto a buscar las oportunidades con las manos que tenía, sin más recursos que su esfuerzo, su ingenio y la confianza en que una buena labor podía abrir puertas. La empacadora era el primer avance tecnológico, pero sin la palabra, sin la comunicación, sin dejarse conocer, sería solo una máquina silenciosa.

Mientras avanzaba, imaginaba la conversación con el agricultor, la forma de explicarle lo que ofrecía, lo cercano y honesto que sería al presentarse. 

En su mente se repetía la idea: no bastaba con producir, había que contar, convencer, darse a entender. Su familia merecía ese esfuerzo, y el campo, que tantas temporadas les había dado cosechas justas o escasas, merecía esa nueva perspectiva.

Quintanamavirgo se asomaba a lo lejos con sus tejados bajos y su silencio rural. Al acercarse, Carmelo apretó el manillar con firmeza. 

Era el momento de probar que, además de trabajar duro, sabía darse a conocer. 

El primer cliente, la primera historia de éxito, quizá estaría esperándolo detrás de esa última curva del camino.